Sin título

Un café solo, por favor“.

Llegó antes de lo previsto. Los nervios le habían llevado demasiado temprano a la cita. Esperar no era su mayor habilidad. Se le daba mal. Desde niño tenía la curiosa virtud de llegar tarde a todos los encuentros. Tal vez con esa inquietud disimulada tras cualquier excusa de saber si realmente lo esperarían. Y repetía con parsimonioso celo todas las veces la endemoniada ceremonia de hacerse esperar, incapaz de escapar de su propia duda.

Pero hoy rompió las reglas de su particular juego.

“¡perdona!… mejor.. ¿qué infusiones tienes?“.

Miraba una y otra vez la carpeta. Pero no se animaba abrirla. Repartía el nerviosismo paseándose de reojo entre las manecillas del reloj y el paquete de folios. Manidos por igual, más por su insistente mirada que por el propio paso del tiempo.

Agarró la taza que le trajo el camarero como quien abraza un oráculo, concentrándose en su líquido, esperando que en esos últimos minutos le asaltara por fin la inspiración que llevaba meses burlando su paciencia y desesperación.

Al fin llegó.

-“¡vaya que sorpresa! ¿ ya estás aquí?…

Esbozó con desgana disimulada una mueca parecida a una media sonrisa para afirmar, mientras le señalaba con la mano la silla, invitándole a sentarse.

Ella se sentó en diagonal, ignorando no sin intención su propuesta. Esos pequeños detalles le recordaban quién tomaba las decisiones en ese momento. Y antes de alzar la barbilla buscando con la mirada algún camarero que le atendiera, alcanzó a echar un vistazo fugaz a la roída carpeta azul sobre la mesa. Unos segundos también apenas. Como si ese no fuera el objeto de aquella cita. Como si el puñado mal ordenado de hojas que contenía no fueran el verdadero motivo de esa reunión.

Y ese leve desprecio le agitó aún más el pecho.

Apretó los puños para contener la ansiedad que le empujaba a fumarse un pitillo. Sentía de nuevo el insoportable vértigo de rendirse a su adicción, vencida desde hacia ya seis años.

-“veamos…

Abrió la carpeta y empezó a ojear. No necesitaba permiso. Sabía que el ritual de aquellos minutos, parecieron horas para él, y no demoró más su cometido. Pasaba las páginas demasiado deprisa para leer ni un párrafo siquiera, y demasiado lento para calmar su impaciencia.

La miraba fijamente, buscando en su cara, en su mirada, algún gesto que delatara cualquier impresión. Alguna sentencia, fuera la que fuera.

-“¿esto es todo? ¿así tal cuál? ¿aquí está todo Daniel?”

Tardó unos instantes -que se le hicieron eternos- en entender cuál de todas las preguntas era la verdadera duda. Ya le  había enviado el archivo digital, tan solo unas horas antes. Evitando con absurdo temor que pudiera leerlo antes de su cita. Pero seguía teniendo la extraña costumbre de entregar en mano el manuscrito original. Y ella que conocía sus desusadas manías desde hacía años, acudía siempre a recogerlos. Era un pequeño guiño de lealtad que tal vez él no era capaz de advertir. Una manera de consentirlo sin que lo pareciera. Una ternura escondida tras la rutina.

-” está bien… dame unos días para leerlo

Ese también era un lugar común. Una respuesta reiterada, que trataba de entonar cada vez con alguna cadencia nueva para que le sonara distinta. Renovar la expectativa era un difícil reto repetido.

Pidió la cuenta y sin recoger el cambio, volvió a ponerse el abrigo.

(..)

Se descalzó nada más entrar. Mientras se servía una copa de vino miraba la carpeta azul … suspiró y acariciándose el cansancio en la nuca pensó en su historia. Más allá de aquellos folios; ahí seguía. Ella. Y la historia. Una vez más sin resolver. Acabó su copa. Apagó la luz y la dejó ahí, con la esperanza de que siempre un ‘mañana’ le ayudara a afrontarla con menos dudas.

A la orilla de la cama, a oscuras, sacudió la cabeza rendida. 

Aquella era una historia sin título.



One Comment

  1. Laura says:

    Muy bueno!! No se por qué, me suena que los personajes serían al reves… no??…
    Me encanta tu forma de escribir, denotas tu vocacion por la escritura.
    Besos

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