de la Casualidad y … otros demonios

Debía tener unos 20 años cuando leyó esa novela… “Del amor y otros demonios“. Aunque a decir verdad nunca recordaba con certeza la edad en que leía ningún libro. Y en la mayoría de los casos eran otras cosas las que quedaban grabadas en su recuerdo para el resto de sus días.

Cada lectura tenía – tal vez fuera así en todos los casos- el poder de dejar una huella distinta en ella. Y en esta le había marcado indiscutiblemente mucho más el título que la propia historia. Sin saber por qué, dejó de ser el título de un libro mágico, de una narración perfecta, para convertirse en una especie de sentencia. Una profecía a veces, una rúbrica de quirúrgica precisión. Un lema quizás, o el distintivo intermitente tal vez de la salida abrupta de cualquier pirueta de esas que da la vida caprichosamente. Como una marca de agua en muchas situaciones. De repente y sin pensarlo, volvía inesperadamente a su memoria en momentos concretos de los que sin embargo sería incapaz de concluir la coincidencia o explicación lógica.

Con la espontaneidad que la caracterizaba, esa que se desliza imprudente por los desfiladeros de la duda que no anuncia ninguna certeza, pensó y actúo. O quizás actúo sin más. Contundente.  –“¿Café ?”

A veces bastaría un solo Café para narrar una vida entera.

En mayúsculas nada tiene que ver con esa bebida caliente  que se obtiene a partir de las semillas tostadas y molidas de los frutos de la planta del cafeto. Un Café es un ritual. Una consigna con la que dibujamos un diagrama en el aire, como un cerco invisible que abraza un espacio-tiempo en el que se citan las personas, incluso a veces a solas. Circundando ideas, confesiones, risas o silencios. Con la única premisa de volcarlas en esa esfera que se ha delineado de mutuo acuerdo alrededor de ese Café.

Basta esta palabra y se dan cita todas las invitaciones compartidas y sobrentendidas que caben bajo esa convocatoria. Pocas cosas tienen mayor consenso.

– “¿(..) a medio camino?

La propuesta parecía tensar la misma  improvisación de lado y lado. Como una cuerda invisible pero indefectible que les unía. Eso era divertido. Peligrosamente atrayente y divertido.

– “(..) hasta que nos choquemos?

Se econtraron. Compartieron ese café. Inaugurando cualquier posibilidad desprovista de intención. Y sin previsión ni enmienda se le escaparon los minutos. Dejaron que se prendieran en el aire como puntos suspensivos.

Cuando regresaba con una sonrisa apenas esfozada en los bolsillos, su mente se distrajo sediciosa en un juego de palabras CasualidadCausalidad.  Y de pronto,  una vez más  !le asaltó el título!



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