Café “de les Delícies”

Hay cuentos que no se narran.

Esa era la sentencia que esgrimía en su cabeza  mientras el resto continuaban con la conversación. Ni siquiera sabía si era la misma de la que soltó el hilo hacía ya un buen puñado de minutos. Aunque permaneció en la mesa, ya sólo compartían el tablero, donde disponer en una suerte aleatoria cada cual su café.

Ritual diario de encuentro para partir la jornada en dos pedazos de tiempo si acaso más llevaderos. Un antes y un después de idéntico e insulso aliño. Sin embargo la cita del café seguía siendo una norma inquebrantable.

Oía sus voces, incluso sus risas, pero no les escuchaba. En alguna de las vueltas de su cucharilla quedó atrapada su atención. Y en esa espiral le daba vueltas también a la idea. Una y otra vez para enfriarla quizás. O edulcorarla tal vez. Aunque sin importar cuánto tiempo lo demorara al final el efecto sería el mismo.

Y así llegó la decisión. A penas en el último sorbo. Dejando el poso de amargor preciso. Ese sabor que lleva impregnada la determinación. Un gusto frío y desaborido.

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- Ey! ¿estás aquí?-… estás en babia! ¿ o te has quedado muda hija? – (risas)

- ¿qué te pasa? estás muy seria últimamente

- ah! …qué? No, nada, nada. Estaba pensando que…bueno no importa ¿ nos vamos? 

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Cada silla reclamó su propia identidad con un chirriar distinto mientras las arrastraban, levantándose para ir a pagar. Ese era uno de los encantos del bar. Cada silla y cada mesa eran únicas. Como ellos, no había dos igual. Cada objeto, cada cuadro… todo era peculiar. Un collage de edades y momentos. Una mezcla de historias y anécdotas. Presumidas, curiosas, algunas vulgares, corrientes, sorprendentes… pero después de todo, la mayoría desconocidas. La combinación de todo ello había creado ese microclima. Aunque el conjunto siempre acaba resultando distinto a la suma de sus partes.

Y sí, al final tenía algo acogedor ese bar. Rompiendo las reglas de lo esperado y previsto. Desafiando cualquier definición tipo. Era pequeño, cálido y entrañable. Como ellos. Un grupo imposible de sujetos, arbitrario y distinto. Sin embargo, formaban contra todo pronóstico un equipo.

Cuando quiso darse cuenta cualquiera de ellos había pagado la cuenta. Se giró hacia la barra para sonreír. Un tributo en forma de guiño. Una despedida insospechada disfrazada de simple despedida.

Ese sería el último café del último día. Ese fue el último puente entre dos tiempos. Esta vez de un solo recorrido. La pesada puerta de acero y cristal que separaba la costumbre de la expectativa le resultó sorprendentemente liviana. Por unos segundos dejó de ser una puerta, convirtiéndose en alternativa.

La decisión estaba tomada.

Hay cuentos que no se narran, se respiran y transitan.      Hay historias que sólo esperan ser vividas.



5 Comments

  1. Chessy says:

    Bravo!!!

  2. Que buen texto, me gusta mucho la manera en la que narran hasta los más sutiles detalles, por eso es que ete blog está entre los mejores, un saludo

  3. Carme says:

    Me ha parecido entrañable, muy tierna la descripción del cafè y de tus compañeros. Felicidades, ha sido un gran descubrimiento y te doy las gracias por éste bonito regalo.

    Carme

  4. Susana Ib says:

    Solo tu sabes ver en algo que otros verian caos algo entrañable….

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