Ajustar las velas
Una de las maniobras más exigentes en la navegación consiste en izar las velas, según el lenguaje de los marinos. Arriar, cazar, lascar, portar… Un menú preciso de posibilidades para manejar las lonas y ponerlas a jugar con el viento.
Reza un sabio proverbio: “No podemos dirigir el viento pero si ajustar las velas”. Y aunque en realidad las metáforas llegan a ser casi infinitas, al final parece que todo podría resumirse en el binomio: circunstancia-actitud.
Buena parte de las ciencias humanas y demás disciplinas de la salud, se han nutrido de este principio, para tratar de instruir a la supervivencia, en cualquiera de sus facetas. Y precisamente para sobrevivir, uno de los mecanismos más ancestrales, desde el punto de vista evolutivo, es el dolor. La señal de alarma de nuestro organismo. Le permite saber cuándo el cuerpo está herido o está a punto de sufrir algún daño. Como toda alarma, ésta debe ser precisa, puntual, aguda y finita, para cumplir su noble cometido.
Así aprendemos a sobrevivir al propio dolor, desde las primeras experiencias. Por su naturaleza acotada en el tiempo. Por el enorme valor que la intuición nos enseña a otorgarle, y por la certeza del alivio posterior.
Y en todas las circunstancias que puedan generar de uno u otro modo dolor, también aprendemos a lascar nuestra actitud, para acortar al máximo el lapso de espacio-tiempo que ocupe el sufrimiento que va del daño a la mitigación.
Pero ¿qué pasa cuando por alguna circunstancia que no me ocupa ahora, ese mismo mecanismo protector se daña, y la señal que emite se extiende, se prolonga, se incrementa, se laxa… hasta cronificarla? Cuando la experiencia acumulada borra el horizonte del consuelo. Y advierte que no hay alivio detrás.
Y tú ¿podrías vivir cada día con dolor?
¿Cuando sin importar la fuerza del viento, ni la dirección de la embarcación, el dolor persiste y toma el timón? Cuando los días se amontonan presagiando que no hay tierra en la que atracar.
La más increíble de las travesías se volvería una locura si no hallará final. Y lo que pudo ser una aventura, un recreo, un placer, o un reto, a bordo de la mejor de las actitudes, se convertiría en una prisión. Una cárcel de intenciones, de voluntades, de sueños, de desafíos, de metas, de destinos, de éxitos o fracasos, de aprendizajes, de posibilidades…
Navegar sin más. Sin poder fondear. Sin bajar a tierra firme nunca más.
Cuando eso sucede, que nadie me hable de cómo, ni repita “debes“, “tienes“, “sabes“, “puedes“… Porque desde esa playa no se oyen estos gritos. Y ni siquiera pedir auxilio te acerca a la orilla.
Ajustar las velas. Sentarse en la proa a contemplar la puesta de sol. Esperar la salida. Contar.estrellas. Leer nubes. Descubrir las distintas noches de la misma luna. Aprender los matices de.todos los colores que guarda el azul.
Navegar; zarpar, surcar, bogar, viajar, timonear, flotar, singlar, embarcarse.
Navegar sin fin. Navegar sin más.






Soberbio!! y no sabes como te entiendo, aunque siempre queda la esperanza que al día siguiente el temporal amaine.
Besos bella y cuídate.
Ojalá algún día encuentren la manera en que podamos tomar el sol en la playa…
Un beso!!!
Bravo!!!!!
Cuando uno ha vivido,convivido,abrazado, respirado,soportado, llorado, gemido y otras tantas angustiado de dolor,puede entonces saber, un poco, de que se trata, pero siempre hubo tregua…¡¡ Ojalá tengas la tuya !!
Un abrazo
¡¡ Eres una fabulosa alquimista !!